Cualquier tiempo pasado fue mejor
Hay momentos en la vida que, por sencillos que sean, se quedan grabados en nuestra memoria para siempre. Uno de esos recuerdos que atesoramos con cariño es el de los veranos en el pueblo, cuando las tardes calurosas nos llevaban a las piscinas naturales o las pocas artificiales que había por entonces, ríos o pantanos de Extremadura. ¿Qué sería de aquellos días sin nuestros bocadillos de chorizo, jamón o salchichón?
Al llegar al agua, lo primero que hacíamos era lanzarnos a nadar, correr por la orilla y zambullirnos en el frescor del río. Pero lo que realmente esperábamos con ansias era ese momento en que nuestras madres, con una sonrisa cómplice, abrían la mochila y sacaban los bocadillos envueltos en papel de aluminio. El olor inconfundible del chorizo rojo inundaba el aire, transportándonos a otro mundo.
Estos bocadillos, no eran solamente una simple comida; era el sabor de nuestra tierra. Cada bocado era un viaje a los montes y encinares de la dehesa. El lomo, la morcilla, el chorizo… todos esos embutidos, artesanales y llenos de carácter, completaban un festín que sabíamos apreciar ya de pequeños.
Y es que, en Extremadura, el jamón y los embutidos son parte de nuestra cultura, de nuestras raíces. En cada bocadillo había mucho más que comida; había historias de abuelos que trabajaban la tierra, de cerdos criados en parcelas particulares, y que cada año en época de matanzas, sobraban las manos expertas que sabían guisar y curar cada pieza a la perfección.
Aquellos bocadillos compartidos entre amigos, al borde del agua, bajo el sol abrasador, eran el corazón de nuestros veranos. Hoy, cuando probamos un buen jamón o embutido extremeño, no podemos evitar cerrar los ojos y regresar a esos días de libertad, juegos y bocados deliciosos. Qué afortunados éramos de disfrutar de esos manjares en un entorno tan puro y natural.